En febrero viajé a la ciudad de Carhué, ubicada en el Partido de Adolfo Alsina, corazón de la región pampeana argentina, para encontrarme con Blanca Philips, una experta tejedora.
Desde la Ciudad de Buenos Aires son 546 kilómetros de ruta. Un trayecto largo, atravesado por camiones y silencios, donde el paisaje se va abriendo entre silos y campos de girasoles. Dejamos atrás Cañuelas, Roque Pérez, Saladillo, Bolívar, Urdampilleta, Daireaux, Laguna Alsina y Guaminí hasta llegar a destino.
Esta región fue moldeada por inmigrantes italianos, españoles, alemanes del Volga y franceses que, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, transformaron la estructura productiva a través de la agricultura intensiva y el asentamiento en colonias y estancias. Su presencia fue clave en el desarrollo ferroviario y comercial del sudoeste bonaerense.

Muy cerca de Carhué se encuentra Villa Epecuén, el pueblo que quedó bajo las aguas saladas de la laguna homónima. Hoy es un paisaje fantasmal y conmovedor, donde solo se ven las ruinas de un pueblo que alguna vez fue feliz y centro del turismo termal. Al atardecer, el cielo se funde en tonos naranjas y violetas que se reflejan sobre el agua. Allí, entre ruinas y salitre, los flamencos y otras aves son los únicos habitantes permanentes.
En ese entorno donde la naturaleza exhibe su fuerza y su belleza, sobreviven también oficios ancestrales. Mujeres que tejen mantas, ruanas y abrigos de pura lana, piezas que dialogan con el clima y la historia del lugar.

Blanca y el hilo de la memoria
Blanca Philips es una de ellas. Aprendió a tejer de su madre y de su abuela, inmigrantes europeas que llegaron al país en aquellas grandes oleadas migratorias. Habla con orgullo de su oficio y de quienes valoran su trabajo: los paisanos del campo que prefieren abrigarse con prendas de lana tejida a mano porque son cómodas para cabalgar, abrigan intensamente y repelen la humedad en los días de lluvia.
Los encargos llegan con tiempo. Sweaters, camperas, prendas pensadas para durar. Cada punto encierra paciencia, técnica y memoria.
Durante nuestra conversación, Blanca evoca su infancia. Tejer no es solo una práctica productiva: es un gesto afectivo que conecta generaciones. Diversos estudios sobre artesanas migrantes señalan que el tejido adquiere significados que se enlazan con la memoria individual, el entorno y la historia familiar, donde la figura de la madre, la abuela o las tías ocupa un lugar central. En esas tramas se inscriben recuerdos, territorios y pertenencias.[i]

Una ciudad con identidad
Carhué es una ciudad luminosa y serena. Sus calles amplias, bulevares arbolados y el silencio de la siesta crean una atmósfera singular. El Palacio Municipal y la plaza central fueron diseñados por el arquitecto Francisco Salamone, cuya impronta monumental caracteriza varios pueblos bonaerenses. La parroquia neogótica, austera y elegante, y un antiguo eucalipto rojo —posiblemente plantado hacia 1877, año de fundación de la ciudad— completan una postal que combina historia y calma.
La curiosidad por las comunidades inmigrantes me llevó también a Rivera, colonia fundada en 1905 para inmigrantes judíos provenientes de la Rusia zarista, Polonia y Europa del Este. Conserva instituciones históricas y una sinagoga que testimonian la vida de la colonia agrícola judía.
Otro punto del recorrido fue San Miguel Arcángel, con una fuerte presencia de descendientes de alemanes del Volga. Sus tradiciones y su historia centenaria permiten comprender la diversidad cultural que caracteriza al sudoeste de la provincia de Buenos Aires.

Volver con historia en las manos
Regresé feliz. No solo por el viaje, sino por mi encuentro con Blanca y su universo. Me traje piezas tejidas al crochet que son objetos únicos, atravesados por memoria, trabajo y afecto.
